Embalse de Riaño, 14 de mayo de 2011.

Ha amanecido un día frío, con el cierzo soplando fuerte, son las 9 de la mañana y desde la gasolinera de Riaño vemos aparecer  a Javier, con el barco en el remolque.

Tras un efusivo saludo, pues  hacía ya tiempo que no nos veíamos, nos dirigimos a la rampa del embarcadero para preparar el barco y echarlo al agua.

Poco más tarde navegamos rumbo al brazo del embalse donde entra el río Anciles. El embalse está lleno hasta las trancas, quizás sólo le falta una pequeña franja de un metro, que indica el nivel máximo alcanzado por las aguas.

El paisaje es sobrecogedor, casi hasta el punto de que uno olvida incluso el motivo principal de esta visita, la pesca. Los escarpados picos y la exuberante vegetación, nos trasladan a un ambiente primitivo y rústico, en definitiva estamos dentro de un paisaje puro.

Desembarcamos a dos de nuestros compañeros, que van a pescar desde orilla y nos dirigimos directamente hasta la orilla opuesta en dirección a la entrada del Anciles.

Utilizamos cañas Shimano Speed Master, de 2,10 metros y acción media, con carretes Navi 2500, cargados con hilo Sufix 832 Gore Fibers de 0,10mm de diámetro, con un bajo de dos metros de fluorocarbono. Los pequeños Rapalas hundidos de 5 y de 7cm, comienzan a volar con lances ajustados a la misma orilla, en las zonas donde intuimos que puede haber peces apostados en busca de comida. Llevamos una media hora desde que comenzamos a pescar y tan solo hemos visto un par de ataques de escalos, pero después de un lance preciso y cuando el señuelo se encuentra a pocos metros de la barca, se produce el primer ataque de una trucha pequeña, que sale desde abajo y muerde el rapala sin contemplaciones. Tiene unos 35 cm y pese a que esta medida no es nada representativa de los peces que este embalse alberga, nos alegra su captura.

Llevamos más de dos horas lanzando repetitivamente sobre todos los puntos supuestamente calientes y nada, ni un avistamiento, ni una persecución. El día está empeorando y se está levantando el cierzo a mayores, generando bastantes olas en el centro del pantano.

Nos reunimos con nuestros compañeros pescadores de orilla y decidimos almorzar en el abrigo de un recodo. Nos comentan que tan sólo han tenido la picada de una pequeña trucha de no más de veinte centímetros, tampoco han podido avanzar mucho, la vegetación y lo escarpado del terreno no dan facilidades a los pescadores andarines.

Después de la comida, retomamos la tarea de pesca con fuerzas renovadas. Después de otros cuantos cientos de lanzados, otra trucha similar a la que capturamos por la mañana, ha subido de nuevo hasta el señuelo y lo ha atrapado con fuerza, en una jugada calcada a la anterior captura.

Por el walkie, los pescadores de orilla nos dicen que han perdido una de un kilo aproximadamente y que han tenido una persecución de una mucho más grande, pescamos un rato más en nuestra zona y nos dirigimos hasta la orilla donde parece que hay movimiento.

Puro espejismo, el tiempo pasa y nuestros brazos y nuestras mentes, comienzan a dar síntomas de cansancio, después de miles de lanzados infructuosos y de miles de promesas en cada uno de ellos.

Las olas crecen por momentos y decidimos dar por acabado el día de pesca, con dificultades y mojándonos a conciencia, llegamos por fin al bendito embarcadero.

Han sido más de nueve horas efectivas de pesca y hemos realizado miles de lanzados, para sólo capturar dos truchas pequeñas, pero en el fondo las caras son de felicidad y agradecimiento por haber disfrutado del compañerismo y del entorno que ofrece este singular sitio.

Riaño es un embalse cicatero y duro, pero que muy duro, para pescar truchas a spinning, parece que sus peces no nos hayan perdonado el haber destruido su ancestral hábitat, en el por ahora desaparecido cauce del Padre Esla.

Pero una cosa nos ha quedado muy clara, quien se curte durante horas en estas aguas, es capaz de soportar posteriormente casi cualquier situación de pesca existente.

¡Sin duda volveremos!

Artículo de Luis Enrique Serrano

 

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