18 de marzo de 2012, en algún apartado rincón de un río libre de Ávila.

Temperatura perfecta, cielo nublado, el tiempo algo cambiante, pero sobre todo poca agua, muy poca, quizás como a primeros de un mes de julio normal.

Pese a todo, 7 amigos nos decidimos a intentar pescar alguna trucha este esperado día de la apertura, y lo conseguimos. Los responsables un rapala de 5 cm y una lombriz colgada de un anzuelo de nº1, (él único tamaño de anzuelo legal para pescar con lombriz y a su vez el único cebo natural permitido en estas aguas)

Para mí, hace ya mucho tiempo que cambió mi mentalidad con respecto a pescar truchas. No se trata de la cantidad, sino de la calidad y eso es lo que perseguíamos.

Desde luego, dos truchas entre siete pescadores no es ni la sombra de lo que este río era capaz de producir varias décadas atrás, cuando centenares de pescadores se acercaban a sus orillas y prácticamente ninguno dejaba de pescar algunos peces.

Al día de hoy, en este mismo tramo libre de río, solamente quizá una docena de pescadores hayan llegado hasta sus orillas para practicar su afición favorita.

Qué pena me produce, que después de más de 35 años de recorrer estas orillas y quizás de no faltar a  más de media docena de aperturas de la trucha en este lugar, se vea tan poca actividad y en definitiva el declive imparable de estas aguas.

Y lo peor es que somos los pescadores los que estamos pagando las “facturas”, en forma de las constantes prohibiciones y restricciones, impuestas por enrevesadas y difícilmente inteligibles leyes gestadas en un despacho, por personas poco motivadas y poco conocedoras de este tema. En definitiva de nuestra merma continua e implacable de libertad de pesca.

Industrias y poblaciones que vierten sus aguas sin depurar. Uso abusivo del agua, en forma de azudes, presas ilegales, motores sin autorización. Cormoranes que descastan los escasos frezaderos cuándo los peces están más expuestos en las raseras de las tablas. Trasmallos de furtivos que venden ilegalmente las truchas a ciertos establecimientos. Pescadores furtivos que se llevan impunemente truchas sin la talla legal continuamente. Talas abusivas del bosque de ribera. Pescadores furtivos que siguen pescando con la veda cerrada. Cuerdas durmientes. Vertido de fitosanitarios de los cultivos de ribera. Pasividad administrativa hacia los pescadores y hacia el mismo río, en forma de falta casi total de vigilancia y control del mismo.

Todo esto ocurre realmente hoy en este río machacado constantemente a lo largo de los años y aún así todavía  sigue dando algo a los pescadores de verdad, aunque sea muy  de vez en cuando.

¿Cuándo se van a empezar a pagar estas cuantiosas facturas que se deben?

A los ríos trucheros hay que ayudarlos. Reforzando sus poblaciones de truchas autóctonas en base a una piscicultura de repoblación sostenible. Eliminando los puntos negros de vertidos de todo tipo. Eliminando las barreras impermeables a los peces. Controlando las poblaciones de especies perjudiciales alóctonas. En definitiva gestionando, controlando y vigilando adecuadamente.

Ya lo hemos dicho en anteriores ocasiones: Prohibir, restringir y mermar la libertad del pescador legal es lo fácil.

Gestionar un río para que haya pesca y pescadores de todas las modalidades legales, tan solo es un poco más difícil y por supuesto solo se requiere voluntad y conocimiento.

Esperemos que en el futuro en los ríos trucheros quepan todos los que se sienten pescadores legales de verdad.

Luis Enrique Serrano

 

 

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