Nuestro amigo Kirme me había prometido llevarme a un espigón en Lanzarote, donde decía que habitaban algunas bestias con afilados dientes.

Llegado el momento y armados con varias cañas de spinning ligero y un puñado de señuelos comenzamos sigilosamente a lanzar sobre los grandes peces que se intuían a unos 5 ó 6 metros del fondo de la escollera.

Estos peces, estaban realmente informados sobre las técnicas de pesca habituales, los modelos de señuelos e incluso la identidad del intrépido pescador isleño que también intuían en la superficie, por esto y después de más de una hora de pesca solamente se habían producido algunos amagos de ataques, con más ánimo de exhibición de su poderío, que con ganas de tomar los rapalas, jigs y otro sin fin de trastos con anzuelos.

El ánimo sobre la posibilidad de capturar uno de estos peces se había desvanecido por completo y ahora nos entreteníamos con señuelos más ligeros sacando algunos peces lagarto.

De pronto se me ocurrió una gran tontería. Debajo de mí tenía unos peces algo parecidos a los lucios de agua dulce que yo conocía perfectamente. Le comente a Kirme la posibilidad de cebar un anzuelo con uno de estos peces vivos y ponérselo delante de la boca de estas barracudas, pero teníamos un problema, no habíamos llevado ningún tipo de aparejo idóneo para este fin.

Enganché por la boca el último pez lagarto que habíamos sacado al triple de un jig de 50 gramos, con cuidado lancé varios metros, pues la caña ya soportaba un peso muy superior al recomendado y el cebo mixto comenzó a descender de una forma extraña.

Cuándo quedaba menos de un metro para que este engendro llegara al fondo, surgió centelleante un gran pez de la nada y engulló con fuerza al lagarto.

Tras unos eternos segundos clavé con fuerza y de inmediato una explosión de fuerza casi me arranca la caña de las manos, instintivamente aflojé el freno y en pocos segundos este pez se había alejado más de 100 metros de la escollera, dejando al pequeño carrete casi sin aliento de línea. Pocos minutos más tarde, Kirme arriesgando valientemente en las piedras de la escollera se hizo con la bestia.

La moraleja de esta historia real, es “que en la pesca casi todo es posible y que a veces lo probable se convierte en cierto”

Gracias Kirme.

Luis Enrique Serrano

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.