Como cada año, cuando llega el verano, los ríos y arroyos y las truchas que los pueblan inician su particular calvario. Y no son únicamente los ríos de montaña, muy mermados en su caudal y en los que se ha cerrado la temporada truchera, también en los regulados prolifera el furtivo. No cabe duda de que son los pequeños arroyos, precisamente donde todavía quedan truchas autóctonas, los más perjudicados. La pesca a mano, con pistola submarina, con tenedor o con nasa son el pan nuestro de cada día, sin olvidar que, de vez en cuando, entra en funcionamiento la lejía que acaba con todo el alevinaje. En esto son expertos algunos veraneantes. «Parece que muchos veraneantes ven totalmente normal ir a bañarse y llevarse la cena», comentaba un pescador berciano. Y no es lo peor que se coja media docena de truchas a mano, sino que en ocasiones se procede a envenenar el río. Ríos como el Omaña, el Torío, el Selmo o el Cúa son esquilmados todos los veranos de forma sistemática. Pero no son los ríos de montaña los únicos perjudicados. El Órbigo sufre los continuos ataques del furtivo de turno, que a mano, a tenedor o al sereno se lleva más truchas que cualquier pescador en toda la temporada. El escenario deportivo social de Santa Marina tenía muchas y buenas truchas a principio de temporada. Aquí se pesca sin muerte. ¿Dónde están las truchas ahora? Está muy claro para la mayoría de los pescadores que esto tiene que cambiar. Bastaría una guardería especializada en ríos, funcionando en patrullas móviles y con un número permanente de contacto para acabar con esto. Quién más y quién menos dispone de un teléfono móvil y una llamada es muy sencilla, mucho más que enfrentarse con el furtivo. Cualquier pescador se ha encontrado varias veces con el furtivo de turno, o con el que coge truchas pequeñas o con el que se pasa del cupo. Es el comentario de las tertulias, pero ¿cuántos los denuncian?.

Fuente: www.eldiariodeleon.es

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