El estilo al lanzar la caña no es lo suyo, pero Javi disfruta como un niño pescando. Edu Botella/AGM

No tienen barcos para atrapar atunes ni madrugan para aprovechar el día. Son pescadores de base y solo buscan paz y algo de cena. Lo de gastar no va con ellos.

Muse suena en el equipo de música del coche con su insuperable ‘Starlight’ mientras Edu y yo nos contamos nuestras cosas, que están bien calentitas. No hay estrellas brillantes en el camino esta vez, pero sí un sol radiante cuando enfilamos el camino hacia la playa. Nos habíamos planteado la posibilidad de localizar a algunos de esos pescadores furtivos -ojo a cómo suena, pero es que están perseguidos por la Guardia Civil- que se apostan cerca del Puente del Estacio, en La Manga, con la silla, la cervecita, la gorrita y la sensación de palpar la felicidad, prolongada en una cañica de sacar pescadicos. Porque peces, lo que se dice peces -como Dios manda-, se sacan pocos aquí. No creo que la última dorada que engullí en Cabo de Palos hubiera salido de un pescador furtivo del Puente del Estacio. De sus carnes comimos tres personas y aún quería dejar parte de su lozano cuerpo en la bandeja. ¡Infeliz!

Pero cuando pasamos por el puente no localizamos a ninguno. Por lo menos a simple vista. También es verdad que nos llamó mucho la atención el ‘casón’ de Tomás Maestre y no escrutamos la zona como se debiera. Pero vamos, que allí pescadores no había. Nos preguntábamos si era la famosa ‘presión policial’ o la propia concienciación ciudadana. Concienciación que se traduce, básicamente, en ahorrarse los 230 euros de vellón -por lo general, la multa tipo para este tipo de pescadores- que debes apoquinar en ventanilla si te pillan con las manos en la masa o con el anzuelo en las aguas. Si te pasas de listo pescando en puerto, o sacas kilos y kilos, y además donde no debes y de lo que no debes, la sanción puede llegar hasta los 4.000 euros. Así que ojo.

Un rato después, y con unos refrescos en el cuerpo para poder seguir buscando furtivos en óptimas condiciones, entendemos las razones de la ausencia de pescadores. «Hoy hay mucho viento y es muy desagradable estar pescando. Yo voy a tardar media hora en largarme», asegura Segundino, que controla dos cañas cerca de la playa de Mistral. Aquí nadie puede decirle nada. Tiene bastante más delito el mono azul que lleva y que le cubre de pies a cabeza, haciendo las veces de un burka murcianico-estival. Además, el hombre va complementado con gorra y gafas de sol. ¡Copón, si casi no se le ve! «Es que si no me quemo», se defiende. Segundino nos instruye en el arte de la pesca, que abandoné cuando Franco era corneta y que vuelvo a pensar en retomar. Factor 50, dentro de lo que cabe, es hasta terapéutico. «¿Cebos vivos? ¿Para qué? Eso por la noche, para las doradas, y además cuestan caros. Ahora hay que echar pan», asegura este molinense, que lleva echando la caña «tantos años que ni me acuerdo. Disfruto mucho y me sirve para pasar un rato de relax». Un denominador común. Las otras cañas, las de pimplar, se las echa al cuerpo «cuando hace falta, tampoco bebo porque sí. Ahí tengo la botella de agua por si la necesito». Segundino lanza la caña lejos. Lejísimos. «Y si hubiera menos viento, más lejos todavía». Al fondo, su cebo se mueve. Decenas de peces saltan sobre el trozo de pan duro, ahora mojado y apetecible para una manada de… «mújoles. Son mújoles seguro», apunta el pescador mientras piensa en relamerse. Finalmente no lo hace, pero casi por respeto. Gracias, caballero. Segundino, educado donde los haya, no es uno de esos pescadores desaforados con horarios cerrados y presupuestos abiertos. «Mis cañas son normalitas, no me gasto dinero en pescar». Están los tiempos como para hacer dispendios… De barcos con redes ni hablamos. Como decíamos ayer, mover unas hélices no sale barato.

La austeridad por bandera

Un claro caso de austeridad pesquera es el de Javier. El hombre es de Móstoles, veranea en La Manga, y reconoce en la pesca «un oasis de paz y tranquilidad en mis días de descanso». Para encontrar ese remanso de calma interior no le hace falta viajar al Tíbet ni recibir clases de yoga a 30 euritos la hora. A Javier le vale con una caña de pescar que le costó 9 euros, un carrete de 7, un par de barras de pan al día (que disfrutan los peces que no acaban picando) y un paquete de Ducados. El mítico y celebérrimo ‘trujas’. Me ofrece uno, pero el médico me recomendó dejar la droga dura hace bastante tiempo. Y le hice caso, a pesar de las apariencias. Él, con estos tres palicos y cañicas -bueno, cañica solo tiene una-, es feliz. No le hace falta más.

Además, a diferencia de Segundino, ha pescado un pececito en las dos horas que lleva con la mirada puesta en el horizonte. Alguna más tiene de experiencia en esto de recuperar anzuelos. El animalico no llega a ser un pezqueñín, pero dudamos seriamente de que pueda cubrir las necesidades de una simple muela. «Ya tengo cena», dice el mostoleño, no obstante. Como sigo siendo de la meseta, pese a estar ya ‘idiotizado’ -por embelesado, para los lectores susceptibles- por la Costa Cálida, no sé qué pez nos enseña dentro de la botella y ni él mismo lo sabe, pero no se parece a aquella última dorada que cataron mis papilas gustativas. Pese a todo, no tiene mala pinta el muy desdichado. ¡Que aproveche!

Fuente: laverdad.es

 

 

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